jueves, 5 de enero de 2012

Desdicha y soledad

De un portazo dejo fuera de mi habitáculo los problemas. Tratan de entrar con fuerza, pero he puesto el cerrojo. Permanezco inmóvil durante un tiempo que se antoja eterno pero que no debe de sobrepasar los cinco segundos de tiempo real. Pasado ese tiempo me derrumbo. Parece ser que no he conseguido aislarme de los problemas, porque se han asentado en el interior de mi pecho. Se aferran con ahínco. Siento cómo un torrente de lágrimas saladas afloran por mis lacrimales y descienden huidizas por mis mejillas. Últimamente mi vida ha estado sometida a un continuo e intenso estrés, y la bomba de relojería acaba de detonar. Me dejo caer sobre la cama, que aguanta mi peso sin emitir quejido alguno. Me siento muy desdichado. Me inundo del bullicioso silencio que invade la estancia. Parece un contrasentido el término “bullicioso silencio”, parecen dos conceptos incompatibles, pero sin embargo no lo son. A pesar de la total quietud del cuarto, en mi cabeza las conexiones neuronales no descansan ni un instante, los potenciales eléctricos no son capaces de permanecer en reposo, descansando, sino que provocan que pasen por mi mente millones de sentimientos diferentes simultáneamente. Me doy la vuelta y me quedo unos segundos con la mirada perdida en algún punto del techo. Los sinsabores de la vida provocan que ya no tenga ningún interés por seguir viviéndola. No tengo ningún aliciente para prolongar mi agonía. Lanzo un fugaz vistazo a la ventana, aunque retiro rápidamente la mirada, como invadido por un extraño sentimiento de culpabilidad. ¿Realmente sería capaz de hacerlo? ¿Podría abrir la ventana, saltar al vacío, y acabar con mi eterna agonía? Seguramente no. Aunque tenga motivos suficientes para hacerlo, siempre he tenido un tremendo miedo a las alturas. Hay otro asunto que me inquieta: si finalmente lo hiciese, ¿realmente le importaría a alguien? ¿Derramaría alguien una lágrima por mi pérdida? Seguramente tampoco. Miles de preguntas de esta índole asaltan mi conciencia, que no da abasto, demasiadas preguntas sin respuesta, demasiadas incógnitas acerca de mi insípida existencia que necesito resolver para hallar una paz interior, o para terminar de declarar la guerra a mis sentidos. Pienso por un momento en el cerrojo. Es un simple trozo de metal, pero simboliza mi aislamiento con respecto al resto del mundo, me permite tomarme un respiro antes de volver a afrontar la realidad, que es tremendamente devastadora. Fuera, en la calle, llueve con tal fuerza que por un momento pienso que las gotas de lluvia van a agujerear el cristal de la ventana. Pero el repiqueteo de las gotas de lluvia provoca en mí un estado de gran relajación, siempre lo ha hecho, y ahora mismo era lo que necesitaba para poder calmarme y poner en orden mis confusos pensamientos. Poco a poco consigo desenredar la maraña caótica de sentimientos, que al igual que las gotas en el cristal, golpeaban mi cabeza sin tregua. Sonrío. Esta vez he vencido al desasosiego, pero ¿quién sabe si en alguna de estas ocasiones al fin conseguirá alcanzar su meta y poner fin a mi vida? Otra pregunta más sin resolver. Seguiré luchando aunque cada vez tenga menos fuerzas para hacerlo, y llegado el momento, quizás no me quede otra alternativa que someterme al fatal destino.

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