sábado, 17 de noviembre de 2012

139 días


Imaginad un gato estúpida e incondicionalmente hipnotizado con una pelota. Ahora sustituid al gato por el pueblo español. Aplaudid.

El taxi rodea el estadio, no sin grandes dificultades, puesto que la muchedumbre abarrota los aledaños, y no cabe un maldito alfiler. Y por supuesto, la calzada está infestada. No es para menos. Es la final de la Eurocopa de Naciones, y los nervios están a flor de piel. Miles de aficionados al fútbol, italianos y españoles se agolpan cuales buitres carroñeros mientras esperan a que abran las puertas. Aún queda un rato largo para el inicio del partido, pero aun así, la gente no ha querido perder ni un minuto. Estoy convencido de que hay gente que debe de llevar dos días plantada en la puerta, como en esos conciertos multitudinarios de Justin Bieber. Un escalofrío me recorre la espalda. Es todo bastante repulsivo. Hay que joderse, cómo funciona la masa, el 90% de la gente está completamente aborregada, parece un ejército de zombies. Yo me considero un aficionado al buen fútbol, pero me parece que el halo de sectarismo que lo rodea es repugnante y demencial. El taxista no para de hablar emocionado del partido, a pesar de que es ucraniano y se la debería repampinflar. Chapurrea un pseudoinglés que no soy capaz de entender, aunque transmite de forma bastante clara su expectación. En cierto modo era normal, probablemente la modesta capital de Kiev no había vivido un ambiente así en muchísimo tiempo. Las calles se habían convertido en una fiesta “azzurra” y roja, era una ciudad viva. Yo no iba a ver el partido en el estadio, ni mucho menos. Iría a un bar a verlo con unos amigos. Residía en Kiev desde hacía unos meses, por temas de estudios. Había hecho algunos amigos españoles allí, que se encontraban en la ciudad por motivos de la misma índole que los míos, así que habíamos quedado para disfrutar del partido tomando unas cervezas. Sin embargo, ese maldito taxi parecía que no iba a conseguir jamás pasar por esa calle. “Ojalá pudiera volar”, pensé. En un momento dado, me harté y le dije al bonachón taxista que me bajaría e iría andando. Le pagué lo correspondiente al camino recorrido, y enfilé calle abajo, con la esperanza de no perderme. La calle estaba irreconociblemente bulliciosa. Me tenía que abrir paso con las manos, porque no había manera. En un momento dado, llegó a mis oídos un sonido tenue, casi imperceptible, pero no para una persona con mis capacidades sensoriales. Un maullido. Lastimero. Busqué la fuente de tan inquietante sonido, y cuando ya me encontraba apunto de desistir y continuar mi camino, la encontré: una pequeña y adorable bola de pelo se hallaba agazapada contra la esquina de aquel destartalado callejón. Me acerqué con cautela, pero cuando me situaba a una distancia suficientemente cercana, el felino, sin previo aviso, me propinó un fugaz zarpazo. Me fijé bien. Se trataba de una gata, era hembra aquel ser gatuno. “Pequeña pero matona, pensé”. Hice un par de intentos más de aproximación, con igual resultado. Si soy sincero, me sentía un tanto contrariado, puesto que no hacía más que soltarme zarpazos a diestro y siniestro, pero me daba la impresión de que lo hacía con una expresión burlona en la cara, una expresión similar a esto “:3”. Parecía una perfecta representación gatuna del sarcasmo. Me cayó bien al instante. Había algo en su mirada desafiante que me hacía pensar que nos podríamos llevar bien. Muy bien, de hecho. Y no me equivocaba. Han pasado 139 días de aquello, y creo que no pude tomar una mejor decisión que haber rebuscado hasta el hastío en aquel bullicioso callejón. España ganó 4-0 aquel partido y se hizo con el trofeo, pero yo gané mucho más. Miaow.

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