Cuando ya no queda nada solo nos recuerdan las palabras. El tiempo es
juez en este juego de ajedrez, solo se vive una vez pero se mueren demasiadas.
La agonía se me antoja infinita
en el vacío de las claras lagunas de la soledad. Cual cucaracha descabezada,
sigo con vida a pesar de la extirpación de una parte vital de mí. Busco en mis
recuerdos instantes congelados de absoluta felicidad, mientras vago por los
insondables caminos de la incertidumbre. Tú… Yo… Entes perdidos, condenados al
olvido en la inmensidad del cosmos. Meras sombras que juegan a encontrarse en
la oscuridad y coquetean con la idea de un futuro en compañía la una de la
otra. ¿Por qué te fuiste?, pregunta una
voz lejana, susurrante, casi imperceptible. No hay respuesta a la pregunta
salvo el tenue soplido del viento de la mañana, que silba sobre los destartalados
tejados. Me abandonaste a mi suerte en pos de un paraíso adulador, promesas de
una existencia plena en el baile de máscaras de la desazón. Busco con mis
labios el roce de tu piel venenosa mientras saboreo una última vez el dulce
aroma de tu cuerpo. Tú paladeas mi cuello, mientras con tus dedos recorres mi
espalda de forma juguetona, y te pierdes en mil suspiros. Dices que huelo a
verano. Tú hueles a esencia vital, tu presencia insufla vida, y cuando te vas, dejas
un rastro de marchitez a tu paso. Ahora te esfumas. Te escapas entre volutas de
humo que se escurren entre mis desesperados dedos, que te persiguen hasta los
límites de la locura, más allá del andén de los sueños rotos en una ciudad
insulsa cuyo nombre se pierde tras el alba. Todavía conservo grabado a fuego en
mi piel el tacto de tus cálidos y longevos abrazos invernales, inundados de una infinidad de intensos sentimientos del pasado. Y te alejas… y
te alejas… y te pierdo para siempre.
... Al amor correspondido, y al amargo sabor de lo perdido... Te echo de menos.
... Al amor correspondido, y al amargo sabor de lo perdido... Te echo de menos.
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